



Repetimos: el Kiosco se merece un homenaje, o tal vez una restitución en alguno de los muchos lugares recoletos que aún quedan en la ciudad. Nos ahorraríamos muchas facturas en tablados y tenderetes. Y tal vez, eliminaríamos algunos peligros y no pocos accidentes. ¡Concejales, aquí hay un buen tema!. Repetimos.
Entre 1892 y 1953, más de medio siglo largo, todos los domingos y días de fiesta, de doce y media de la mañana a dos, principalmente, los logroñeses hacían la noria en torno al Kiosko del Paseo del Príncipe de Vergara. En él van turnándose las bandas de los regimientos acuartelados en Logroño (La Lealtad, San Marcial, Burgos, Cantabria, Bailén) para dar conciertos públicos gratuitos sufragados por el Ayuntamiento. En su torno, pues, se educaron hasta tres generaciones de logroñeses no sólo en la música, sino en todo tipo de socialización.
En la primera época destacaron las interpretaciones dirigidas por el maestro Salvador Escalera, al que tantas veces describía "Fray Cirilo" con gracia y picardía, como "guapo y elegante mozo" por el que se "perdían las damitas" logroñesas de los años puentes entre los dos siglos.
Se interpretó música clasica -educativa-, valses y muchos fragmentos de las zarzuelas más populares del momento. Y al final se cerraban los conciertos domingueros del mediodía y noche con la jota. En caso contrario, "la lluvia de silbidos" era atronadora.

El medio urbano dominante de esta época en torno al Kiosco eran las "Estatuas de los Reyes" donadas por los mecenas políticos de turno; y en especial, los "cafés" -signos de los nuevos tiempor-, entre los que dominaba en el paisaje, el "Café de Verano Las Amecoas", al que se acercaban para consumir un "tente en pie" o un almuerzo con platos de lo más apetitosos y variados.

Superados los males del "nefasto siglo XIX" con todos sus "desastres", poco a poco, el habitat del Kiosco fue asumiendo los "aires" de la modernidad, sobre todo en los días de Ferias y Fiestas. A las barracas habituales del "pin pan pum" se fueron sumando las de los "nuevos inventos", como las de "cinematógrafo", para regocijo de niños y de adultos.
El repertorio musical ofrecido en los "Años de La Bella Época" y de "Los Felices Años Veinte", sin embargo, en el fondo, permanecía como en los orígenes porque los intérpretes eran los mismos, es decir, las bandas de los Regimientos.
Pero el entorno se había transformado poderosamente. La "neutralidad en la Primera Gran Guerra" había aportado "capitales", y más aún, altivez y orgullo, a las nuevas burguesías que ahora lucían no ideas políticas (de ideología republicana) sino autos, gabanes y trajes de "hechura de sastre" y las mujeres "sombreros de plumas y trajes largos" copiados de las Revistas de Modas y de "figurines" que llegaban de la capital.
De esta guisa iban en coche a su "Nueva Plaza de Toros"; a los partidos de remonte en el Beti-Jai; se ejercitaban en "los sport", y claro, también acudían a los cafés y Salones Recreativos. Este paisaje era el del Café de La Habana y su Mezquita, y el de "las ruedas en el Kiosko".
Los espectáculos empezaron a interesar a los "pudientes", por eso el local del Teatro Bretón fue comprado por los Trevijano -símbolo modélico de nuevo rico- o levantados por la familia de la empresa de "La Rioja", como sucedió con el segundo Teatro Moderno.

El Kiosco vivió la República, pero el consumo de música ofertada desde su templete se había devaluado, y ni unas clases ni otras se "fijaban" ya en sus alrededores. Los melómanos pudientes y aficionados a la "buena música" se refugian en la "Sociedad de Conciertos de Logroño" como socios, que con sus cuotas, sufragan a los maestros músicos que imparten sus conciertos en el Teatro Breton o en el Salón del Beti-Jai. Las clases más proletarizadas se entusiasman con las piezas interpretadas por las "Bandas de paisanos" o los "grupos de Jazz" que amenizan principalmente las salas de bailes o las terrazas de los cafés más democratizados o interclasistas. Sólo, y de vez en cuando, paracen fusionarse ambas clases cuando se celebran "Días de la Jota" o recitales de lo que llamaban entonces "arte lírico andaluz", es decir, de flamenco.
Los locales de restauración situados en los bajos de "El Muro de Francisco de la Mata", o de la calle de la Estación, ahora llamada Tirso Rodrigáñez una, y Miguel Villanueva la del sur, y sus terrazas adjuntas, son los únicos que mantienen el aspecto tradicional, como si el tiempo se hubiera remansado. Las horas de ocio en estos espacios son oficiadas por esos camareros de "chaquetilla blanca", que rinden pleitesía a sus clientelas alentados por las propinas. La Plaza pública, que formaba el Kiosco, se ha derrumbado, y como mucho queda de paseo para el amplio abanico de sirvientes del sector terciario y de los soldados de recluta de los acuartelamientos.

Esta es la imagen de la tercera generación del Kiosco, dilatada, e incluso profundizada, en los años del franquismo. La larga escuela de cohesión social que representaba se había perdido. Su función histórica de socialización, que desarrolló con tanta calidad, se había ido para siempre.
Cuando en los años cincuenta los concejales franquistas decidieron arrumbar el Kiosco y sustituirlo por la
"concha" "caracola", o lo que sea, made in USA, intentaban ganar la batalla de algo que ya no era cuestión de un Kiosco, sino de vivencias socio-políticas de nuevos tiempos.
