El
general Baldomero Espartero encabezaba con esta frase las cartas a su mujer
desde el frente norte en la primera Guerra Carlista.
Y aún se sigue usando en La Rioja la tercera palabra ("chiquita")
para referirse cariñosamente a las muchachas/os jóvenes, acentuándose con fonética
de diéresis la letra "u". (Léase "chiqüita"). Y, sin duda,
en este sentido y con la misma entonación de hoy la utilizaba Espartero para
tratar a Jacinta cuotidianamente. Porque en efecto, la pareja era muy desigual
en edad. La novia cuando se desposa era aún una chica muy joven, mientras que
el novio era ya un hombre maduro, "hecho y derecho", como sintetiza
el dicho. Jacinta había cumplido el día de la boda, hacía sólo un mes, los deciséis
años, mientras que Baldomero había superado con creces en la misma fecha los
treinta y cuatro. Le doblaba, pues, holgadamente en edad. No debe, en consecuencia,
sorprendernos que el marido se referiera a ella con la palabra "chiquita".
Al contrario, está usada en su acepción más correcta y precisa. Para todos,
incluido el propio Brigadier, su marido, Jacinta no era más que una jovencita.
Prosopografía
Nos resulta difícil
elaborar una prosopografía sobre la mujer de Espartero, pues son muy pocas las
noticias que nos han llegado sobre su persona. Unicamente nos podemos apoyar
en algunos recuerdos de los compañeros de armas de su marido, en la escasa iconografía
que se ha conservado y en algunos de los apuntes notariales de la documentación
emanada a su defunción. El número de datos es corto, pero interrogándoles debidamente,
podemos deducir un buen número de precisiones físicas y caracterológicas.
El General Fernando
Fernández de Córdova relata en sus Memorias el impacto que causaba Dña.
Jacinta, al poco tiempo de casarse, en las fiestas y bailes galantes del Regimiento
que mandaba Espartero cuando estaba destinado en Barcelona. Y lo explicaba,
porque encontraban en la joven esposa dos cualidades, la hermosura y la elegancia. Tal
vez sea exacto este testimonio, pero no podemos confirmarlo documentalmente,
pues para sus años jóvenes no existen ni papeles ni retratos que nos hablen
de éllas, ni de ninguna otra. Otra cuestión es examinar ambas cualidades en
relación con años posteriores, en los que sí podemos suponernos algunas notas
sobre su elegancia y algunas rasgos sobre su hermosura, como asimismo deducir
algunas otras "virtudes" que parecen adornar a la logroñesa que compartió
la vida con el líder del progresismo español isabelino.
Elegancia
En el primer aspecto,
o sea, en el de la elegancia, si Dña. Jacinta ya lo era de joven, tal como nos
testimonia Fernández de Córdova, si duda, lo tuvo que ser mucho más cuando fue
madura, puesto que al menos gozó de mejores posibilidades y medios para que
así sucediera. Conocemos las joyas o alhajas encontradas dentro del "armario
secreter de su habitación dormitorio" y los vestidos personales colgados
en esta misma estancia, y desde luego, pueden considerarse más que suficientes
para que su dueña no careciera de amplia prestancia. En el exhaustivo Inventario
y Evalúo de "bienes, ropas, alhajas, papeles y demás..." efectuado
a su muerte en el verano de 1878, se
registran una por una todas sus joyas de manera minuciosa y detallada y todas
sus ropas. Las primeras son abundantes en oro, pedrería y marfiles. Las segundas
en encajes, telas de Holanda, hilos de Escocia, crespones de la India, sedas. De los apuntes del
Inventario de Bienes realizado en la casa mortuoria el día 25 de junio de 1878
en presencia del escribano de Logroño Plácido Aragón podemos establecer que
Dña. Jacinta, ahora difunta Serenísima Señora, poseía por lo menos dieciséis
aderezos o juegos completos de joyas
(collar, pendientes, imperdible y pulsera) de oro casi todos, o de otros metales
preciosos (ópalo, coral) con labrados e incrustaciones de diamantes, perlas,
brillantes, esmeraldas, jacintos, y otras piedras preciosas. Algunos de ellos
tan curiosos y originales como "los pendientes y alfiler negros con esmalte
de oro, de las granadas arrojadas por los Carlistas a esta ciudad de Logroño",
o el "de piedra, lava del Vesubio". Pero además guardaba una gran
colección de alfileres, fuera de los citados juegos, de hasta otros quince,
también casi todos de oro, con las más variadas figuritas y adornos y con algunos
retratos de seres queridos de la familia incrustados, como los de la Señorita
Gurrea (hija del General Gurrea) o los de su sobrina Jacinta, Condesa de Torrejón
(hija de su hermanastra). Como igualmente otra de abanicos de marfil y nácar
que llegaban hasta dieciséis. Así como media docena de anillos con diamantes,
brillantes, perlas y rubíes; cuatro condecoraciones; cajas de música; un reloj
pequeño de oro, con su cadena; rosarios, medallas, tarjeteros, objetos para
adornos de pelo, y hasta unos gemelos de teatro negros y pequeños.
Sin duda, esta enumeración
de medios de adorno personal nos debe hacer suponer que tuvo que ser elegante.
Y como además en el "Cuarto Vestidor de la Princesa" abundan los ropajes
de todo tipo, se acrecienta nuestra seguridad en este sentido. Las camisas de
Holanda llegaban a setenta. Las calcetas de hilo de Escocia y las medias de
algodón se cuantifican en otras tantas. Los vestidos de seda de distintos colores,
las batas de este mismo género y de otros, y las túnicas rondaban la veintena.
Los abrigos (de terciopelo -dos-, de "casimir negro con azabaches",
de paño -tres-, de "teatro de merino blanco", "de verano blanco
de piel de cabra"), los auxiliares de abrigos, como las capas, manteletas,
talmas, esclavinas, chales, mantones, mantillas y toquillas, superan las cuarenta.
Pero además son muchas la varas de retales sin confeccionar, y las más son de
encaje de "guipur" en negro. Y ya como guinda, se inventariaron también
media docena de sombrillas, la mayoría blancas, y "un velo de sombrero
de encage blanco".
Hermosura
Para
evaluar su hermosura conocemos un par de cuadros. Posiblemente pintados
de encargo por Esquivel en los primeros años de la década de los cuarenta el retrato mayor, y en 1847 el más pequeño.
El cuadro mayor lo podemos ver reproducido en el libro escrito por el Conde
de Romanones dedicado a su marido Espartero,
y en el del profesor José Luis Ollero
de la Torre.
El
"retrato" es de medio cuerpo y su "pose" nos deja observar
su rostro, hombros y brazos hasta el codo. Está pintado muy al estilo de las
obras regias del período histórico isabelino. Dibuja una mujer treintañera sólida
y de busto abundante. El modelo que luce y el aderezo con que se acompaña,
-pendientes, alfiler, brazalete, anillos, ramo en mano izquierda y banda en
la cintura- está en consonancia con los elegantes legados de alhajas enumerados
en su testamentaria. La cabellera está
peinada a la moda de las damas nobles del reinado de Isabel II y encuadra unas
facciones angulosas y un rostro ovalado en el que se constata un rictus facial
melancólico, tanto en ojos como en boca. La serenidad no se le puede negar.
Sobre su belleza, y siguiendo el refrán sobre el gusto, en el que se defiende
que sobre él "no hay nada escrito", no nos atrevemos a pronunciarnos,
tal como lo hiciera José Segundo Flórez, cuando escribe sobre la jura de la
Regencia Unica por Espartero, diciendo: ..."y ocupadas las tribunas y galerías
por muchas damas de distinción, entre las cuales brillaba también la duquesa
de la Victoria, cuyos encantos naturales, cuya celestial belleza, realzábala
más en este día la aureola de satisfacción y de gloria que ostentaba sin vanidad
en su modesto semblante" ....
Para que cada uno se defina sobre el particular incluímos una copia del cuadro, así como el cuadtro pequeño en la página correspondiente..
Otras "cualidades"
Pero aún podemos
detallar algunas otras "cualidades" de Dña. Jacinta Martínez de Sicilia
de Espartero. En especial debemos mencionar otras dos: la inclinación a la religiosidad,
rayando en la beatería; y el profundo sentido de unión familiar. Una y otra
están bien documentadas, y suponemos que derivan respectivamente de la herencia
familiar paterna y de la materna.
Como quedó dicho, la mujer de Espartero, se educó en el contexto familiar de su abuela paterna
y de su tía soltera, que estaban rodeadas de clérigos y de estampas devotas
por todos los lados. Y por ello, a la muerte de la abuela, en el lote testamentario
correspondiente a Jacinta, le entregaron, en el capítulo de bienes "muebles",
una docena de "cuadros" religiosos de escasa calidad artística, deducida
de la corta cantidad de reales con que fueron tasados, pero de profundo sentido
devocional. Los más representan a distintas Vírgenes (del Pilar (dos), de las
Mercedes, del Carmen, de la Trapa), pero también había dos San Francisco y dos
San Antonio; un San Gerónimo y otro San Agustín; amén de un Crucifijo. Pero además, la
imagenería encontrada en las habitaciones de uso más particular de la Princesa
en su Casa Palacio confirman sobradamente esta inclinación. De las paredes de
su habitación dormitorio, por ejemplo, colgaban una Virgen del Pilar, "dos
cuadritos de metal amarillo con las efigies del Corazón de Jesús y Virgen de
Londres", tres cuadros de la Virgen de la Silla, un cuadro de Santa Casilda
y dos cuadros de San Jacinto; y depositados sobre distintos muebles de la misma
había "una reliquia de plata de los mártires de Zaragoza", "una
cruz esmaltada con chispas de brillantes y su cadena de oro", un "rosario
de piedras verdes engarzado en plata" y un libro de misas de uso diario.
Para efectuar sus oraciones privadas contaba en el mismo dormitorio con un par
de reclinatorios y "una pila para agua bendita". Y en el "paso
o carrejo que da entrada al citado dormitorio" había además otro Crucifijo
con dos medallones, otro libro de misa "con pasta de terciopelo, bordado
de oro, con su broche de lo mismo y las iniciales D.V." y un devocionario
inglés. Y ya en el cuarto vestidor un cuadro de la Divina Pastora, otro de la
Magdalena. En otras salas y salones de la casa aparecen también, aunque en menor
número, objetos de signo religioso. Así en el denominado "Salón azul"
cuelgan cinco cuadros-grabado de santos y escenas bíblicas; en el "Gabinete
amarillo" una efigie de Santa Genoveva y un cuadro de Jesucristo en la
Cruz; en el "cuarto de la cama amarilla" dos cuadros de la Virgen
de la Paz. Y hasta en el "cuarto de la cocinilla" hay un cuadro de
Santo Tomás.