
"Un nombre y un libro. Eduardo Barriobero y su última novela" [La Rioja - 1927] CONTINUACIÓN
Pero un propagandista que leía a Licurgo y a Aristófanes en su lengua original, que expurgaba de palabrotas y de tópicos sus arengas a la plebe, y que simultaneaba su actividad mitinesca y motinesca con el cultivo de la literatura modernista. Cuando no se movía entre comadres indignadas contra los guardias recaudadores de arbitrios o entre huelguistas famélicos y exasperados, Barriobero frecuentaba las tertulias, la trastienda de la librería de Gregorio Pueyo -el Lemerre de los modernistas- y los figones en que llantaban a turno impar los bohemios que escribían versos influidos por Rubén y Verlaine, novelas con resabios de Murger o Zola y crónicas en estilo arcaico en "El Liberal" de Alfredo Vicenti.
Esta diversidad de ambientes originó las primeras novelas de Barriobero -"novelas documentarias" las llama- que le otorgaron un puesto señalado entre los epígonos modernistas -los Machado, Villaespesa, Répide, Carrére, López de Haro, ...-, que ya comenzaban a alternar literariamente con los altivos alcotanes de la generación del 98.
El incremento de las Sociedades de Resistencia y las intervenciones de la Guardia Civil acabaron con las algaradas callejeras y Barriobero, hombre de poderosa capacidad de trabajo, pudo desarrollar con más holgura su triple labor de abogado, escritor y político. Publicó cada año un libro, y a veces dos -novelas, ensayos, traducciones de Suetonio y de Rabelais-, pronunció informes en todas las Audiencias de España y sostuvo interesantes debates en el Congreso. Pero injustamente, lo pintoresco de su vida obscurece en Barriobero al hombre de letras. Las novelas de Barriobero son, todas, de una absoluta originalidad. Su fina observación ejercitada a lo largo de una vida tan intensa como la suya, engendra tipos deliciosos, que hablan en un lenguaje pleno de realidad y de comicidad, y alumbra dramas escondidos a la mirada de los que no conocen "de visu", como Barriobero, los recovecos de tantos ambientes. Apenas hay novelista que al describir o hacer hablar a un personaje no recurra, ganado por la pereza mental, a lo convencional y artificioso. Los costumbristas caen todos, más o menos, en el vicio de los saineteros, que han inventado un léxico para las ciraturas de su imaginación. Barriobero, no. Sabe extraer lo específico de cada personaje y de cada lugar. Sorprende con sus insosprechadas observaciones que definen ingeniosa y certeramente de un sólo trazo tipos y situaciones. El lector no advierte en ningún momento la mano del autor, camina por entre los episodios de la novela, con el interés vivísimo del que presencia un hecho real, a cuyos actores conoce y ve moverse y reaccionar.
La última novela de Barriobero, "Nuestra Señora de la Fatalidad", es ... [página tercera] [página PRIMERA]