M A R I A L E J A R R A G A:
el problema de la AUTORÍA
En
el año 2000, María Martínez Sierra figuró en los
medios de comunicación masivos cuando su tomo de memorias, "Gregorio
y yo", prohibido por la censura franquista en los años cincuenta
(publicado en Méjico, 1953), salió en su primera edición
española. Como esta publicación coincidía con unos escándalos
sobre supuestos plagios o calcos tanto de una presentadora de televisión
como de autores conocidos, la prensa trató la cuestión relacionada
de los "negros". Salieron entonces varios artículos sobre María
Martínez Sierra, la autora oculta detrás de la firma de su marido,
Gregorio Martínez Sierra (1881-1947).
Varios investigadores han especulado sobre las razones por las cuales María
siguió escribiendo obras para un marido que se había marchado
con otra. ¿Habrá acertado alguno? Quizá, pero la verdad
completa seguirá escondida en los entresijos misteriosos de la psicología
humana.
INTERPRETACIONES: Antonina Rodrigo | O'Connor | Alda Blanco | Pedro González
Opinión de Trapiello
"Desde luego fue el suyo uno de los casos más anormales de nuestra
historia literaria. ¿Cómo consintió María Lejárraga
escribrirle todas las obras a su marido, incluso cuando éste se lió
con la primera atriz? ¿Cómo consintió la primera atriz
que su amante siguiera viviendo, al menos durante otros diez años, con
su antigua mujer y que nunca rompiese relaciones comerciales ni afectivas con
ella? Y, sobre todo, ¿cómo Gregorio Martínez Sierra consentía
en poner su nombre a obras que no eran suyas? Que María Lejárraga
resultó ser algo fuera de lo común lo vemos, entre otros muchos
indicios, en el epistolario con JRJ, de una intensidad, delicadeza y camaradería
extraordinarias, hasta el extremo de que no sería descabellado suponer
esa clase de amor callado y doliente, "amores blancos" los llamó
el poeta, entre dos seres que jamás dejaron de respetarse, como se decía
en los dramas que ella escribía. Lo vemos en su generosidad, queriéndose
ocultar tras el nombre de su marido incluso cuando ningún vínculo
ni amoroso ni marital le unía a él, lo vemos en su dedicación
desinteresada en campañas de educación de la mujer en España
y sus preocupaciones pedagógicas en un país con un porcentaje
de analfabetismo escalofriante. Y lo vemos en la intachable memoria de su vida,
sin un ápice de rencor, sin atisbos de reproches, con la delicadeza de
las almas más grandes, con la aristocracia de los seres más puros.La
respuesta a los interrogantes, aunque no parece sencilla, podría resumirse
más o menos así. María Lejárraga, una mujer mayor
que Gregorio, no precisamente guapa, consentía en darle a su marido su
talento para poder tenerlo cerca, aunque sólo fuese de aquella manera.
Era o tenerlo así o perderlo. Catalina Bárcena consentía
en que su rival escribiese más obras de teatro para su marido y ahora
empresario y amante porque precisamente con aquellas obras ella había
triunfado como primera atriz. Y Gregorio Martínez Sierra, desde luego
el papel más desairado de la comedia, consentía con todo eso porque
su amor al dinero parecía superior a cualquier otra cosa, amor que en
los años veinte le llevó a ser tesorero del PCE y en los cuarenta
a un banco suizo, donde abrió una de esas cuentas que la Banca, presionada
por las víctimas del Holocausto, ha decidido airear, junto a otras miles
abiertas en esas fechas de guerra mundial."
Los nietos del Cid, Barcelona, Planeta, 1997, pp.
276-277
Opinión de Pedro González.
"En Madrid se armó un batiburrillo enorme -un
batifondo de la Madona, dicen por el Plata- a propósito de unas declaraciones
que a un redactor de La Razón de Buenos Aires hizo María
Martínez Sierra. ¿Qué se decía en esa entrevista
para promover tamaño escándalo? Pues que las obras firmadas por
Gregorio Martínez Sierrra no eran sino a medias de él. María
Martínez Sierra, con sin para delicadeza, accede a colaborar con su marido.
¿Más es cierta esa colaboración? En absoluto. Gregorio
Martínez Sierra nunca escribió nada de lo que anda por el mundo
con su nombre, sea novela, ensayo, poesía o teatro. Eso lo sabemos bien
Juan Ramón Jiménez, Ramón Pérez de Ayala y yo. Eso
lo sabía bien a cabalidad Usandizaga -el libreto de Las Golondrinas
es de María-, Turina -el libreto de Margot es de María-;
eso lo sabía bien Falla -las ilustraciones a los ballets de El sombrero
de tres picos y El amor brujo son de María-; eso lo sabía
bien Marquina -El pavo real lo escribió María en prosa
y lo versificó Eduardo-; eso lo sabía bien Arniches -dos actos
de La chica del gato son de María-, etc. Pero quienes lo saben
mejor son los cómicos que estaban siempre en un ¡ay! en cuanto
salían fuera de Madrid y, sobre todo, cuando venían por América.
"Aún no ha llegado el tercer acto que tiene que mandar doña
María y hay que suspender los ensayos". "Parece que hay cable
de doña María anunciando que mandaba la obra", etc. Algo
saben de eso Jesús Gabaldón, el notabilísimo actor mexicano
Gómez de la Vega, Baena, etc.
Pero doña María, que, por delicadeza espiritual, no se atreve
a decir aún la verdad verdadera, tiene cartas de su difunto esposo
en que él le pide obras, elogia las recibidas, solicita que le haga unas
conferencias que había de leer en Buenos Aires y se declara inepto para
la generación intelectual.
Ahora bien, Gregorio, a quien María dio fama literaria, consideración
social y dinero, dejó todo cuanto tenía y el 50 por ciento de
todos los derechos de autor de novelas y de teatro a una supuesta hija suya
-dos veces adulterina-, supuesta,porque a lo que se dice es del ya fallecido
Manuel Collado, y deja a su legítima esposa "en la calle
y sin llavín", como por Cuba dicen.
Pues bien, esta sufrida señora nunca había dicho nada de esto
y si se lanzó a insinuar lo de la colaboración fue porque está
hasta más allá de las narices de la persecución de que
es objeto por parte de la que vivió con su marido en amasiato y a quien
nunca persiguió por tal causa, pudiendo haberlo hecho con excelente suceso,
ya que penetró en los Estados Unidos de América diciendo ser el
marido de Catalina de la Cotera, de nombre teatral Catalina Bárcena.
Por perjurio hubiera don Gregorio visitado Sing-Sing durante mucho tiempo.
Pero de este asunto habrá que comentar largamente. ¡Como que es
el pleito literario más singular de todas las épocas! ¡Como
que no se ha dado nada semejante en ningún país! El mismo caso
de Colette es diferente"
En María Lejárraga, una mujer en la sombra, de Antonina
Rodrigo, Ediciones Vosa, Madrid, 1994, pp. 325-326
El problema de la autoría: Alda Blanco | O'Connor | Trapiello | Antonina Rodrigo
Bibliografía
Agradecimientos

María: producción literaria
María: feminismo
María: ateneísta
María: en la política
María: el exilio
María: 