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M A R I A  L E J A R R A G A:
el problema de la AUTORÍA

En el año 2000, María Martínez Sierra figuró en los medios de comunicación masivos cuando su tomo de memorias, "Gregorio y yo", prohibido por la censura franquista en los años cincuenta (publicado en Méjico, 1953), salió en su primera edición española. Como esta publicación coincidía con unos escándalos sobre supuestos plagios o calcos tanto de una presentadora de televisión como de autores conocidos, la prensa trató la cuestión relacionada de los "negros". Salieron entonces varios artículos sobre María Martínez Sierra, la autora oculta detrás de la firma de su marido, Gregorio Martínez Sierra (1881-1947).
Varios investigadores han especulado sobre las razones por las cuales María siguió escribiendo obras para un marido que se había marchado con otra. ¿Habrá acertado alguno? Quizá, pero la verdad completa seguirá escondida en los entresijos misteriosos de la psicología humana.

  INTERPRETACIONES: Antonina Rodrigo | Alda Blanco | Trapiello | Pedro González

Opinión de O'Connor
"Considerando la creencia de María en los derechos de la mujer, su actitud pasiva con respecto a su importante trabajo literario (y de conocerse, podía haber inspirado a otras mujeres) es contradictoria. Una posible explicación puede encontrarse en un ensayo feminista suyo profético de 1917: "Las mujeres callan... porque creen firmemente que la resignación es virtud... callan por costumbre de sumisión ... callan, porque en fuerza de siglos de esclavitud han llegado a tener alma de esclavas"  (Feminismo ... 105-06). Años más tarde, la autora demuestra un juicio más severo sobre los maridos que se aprovechan de sus mujeres en No le sirven las virtudes de su madre (1930). En esta obra corta, una madre habla con el viudo de su hija muerta. Al referirse a ésta, es como si María hablase de sí misma en calidad de esa esposa joven: "Fue tu compañera, y no fue tu igual... Pensó contigo, luchó contigo, trabajó contigo, afanó contigo...; ¡tú solo triunfaste! ¡Cuántas noches la he visto, rendido tú, repasando tus notas, poniendo en orden tus papeles, rectificando tus errores, preparando el discurso en que habías de brillar! .... ¿Quién se ha retirado, a la hora del triunfo, para dejarte a ti toda la vanagloria? ¿Quién ha hecho el silencio en torno tuyo para que no se oyera más que tu voz? . . . . Sobre ella pesó la tradición de viejas ignorancias e incompetencias... No fue una mujer; fue lo que a fines del siglo XIX y a principios del XX se llamaba 'una feminista'" (Eva curiosa 69).
Treinta años después, en La muerte de la matriarca (1960), se acentuaría aún más su cinismo, si la protagonista es, como parece ser, otra voz de la autora. Levantando los ojos al cielo para rezar, la matriarca moribunda dice: "¡Oh, tú, que me creaste y hoy me matas... si me lanzas otra vez a vivir... hazme hombre! ¡Hombre, para ser yo sin ataduras... para perderme si me quiero perder, para salvarme si me puedo salvar!... Mi vida para mí...no para los otros... siempre... los míos, los ajenos.... siempre apagando el fuego del corazón... por no ofender... por no escandalizar... El hombre no escandaliza nunca, ¡le basta con triunfar!" (Fiesta en el Olimpo 188).
Después de la muerte en Buenos Aires de María, un baúl de efectos personales llegó a su familia en Madrid. Entre otros papeles, ese baúl contenía el manuscrito inédito de Sortilegio, su única tragedia y última obra estrenada con la firma de Gregorio. El baúl de Buenos Aires traía también más de cien cartas de Gregorio que probaron definitivamente lo que decían los entendidos: que las obras de Gregorio se las escribía su mujer.
Pero el mérito de Gregorio no dependía exclusivamente de María; él figura legítimamente entre los empresarios/directores más destacados en la historia del teatro español (Obiol 13), aunque en este campo tampoco faltaba un apoyo femenino: la actriz, Catalina Bárcena, quien encarnó (desde 1909 con Primavera en otoño) sobre los escenarios --si no en la vida-- el ideal femenino creado por María. Pigmalión irónico, Gregorio tardó poco en enamorarse del barro amasado por su mujer y tallado por él sobre los escenarios.
En 1922, se complica la vida del insólito triángulo profesional y amoroso compuesto de María, Gregorio y Catalina: nace Catalinita, hija de Gregorio con la "estrella" y, con sus nuevos poderes, la actriz-madre amenaza con dejar la compañía si Gregorio no viene a vivir con ella. Si María hubiese amenazado con dejar de escribir en caso de que Gregorio la abandonara, se habría producido una crisis interesantísima. Pero la dulce María no le puso a prueba ni recurrió al chantaje: simplemente se marchó con su dignidad a París. Más tarde fijó su residencia en la Costa Azul comprando una casita cerca de Niza, pero pasó temporadas en Madrid para seguir participando en diversos asuntos políticos y literarios.
Por su parte, Gregorio intensificó las giras teatrales de la compañía por España y, en 1925, comenzó a viajar por Europa, Hispanoamérica y Estados Unidos. Su repertorio incluía no sólo obras de autores extranjeros internacionalmente conocidas (especialmente inglesas y francesas) sino algunas que, con la aprobación de María, presumía de haber escrito él. Las dotes de Gregorio como director-empresario eran legendarias, pero si dirigió de modo genial a la actriz, y si las obras que la autora escribió le dieron fama y fortuna tanto a Gregorio como a Catalina, influyeron de modo igual en el éxito de la autora oculta la capacidad del director y el talento de la actriz. En efecto, cada componente de este triángulo tan bien ensamblado dependía de los otros dos. Como en una pirámide humana, la clave era precisamente la interdependencia: si fallaba uno, se venían abajo todos. Por curiosa que sea y por las razones que fuesen, María siguió produciendo obras que Gregorio firmó, estrenó, publicó y cobró.
María escribió sus obras más feministas, más experimentales y menos conocidas en el período 1925-1930 inmediatamente previo a la República (1931-39)".

 El problema de la autoría: Alda Blanco | Antonina Rodrigo | Trapiello | Pedro González
  Bibliografía
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