El vino, al igual que el aceite y otros productos mediterráneos, goza en la Península Ibérica de una dilatada tradición. En este contexto debemos situar la historia del vino de Rioja hasta bien entrado el siglo XIX.
Aparte de las laudatorias referencias panegíristas medievales en las que se acuden a citas de poetas y juglares cantando al vino de la tierra, las fuentes históricas documentales se relacionan más con el paisaje agrícola del terrazgo que con la calidad del producto. Citarlas en su apoyo es pura ucronía y determinismo histórico.
El vino de Rioja entra en la historia con los ilustrados dieciochescos cosmopolítas y con la cada vez más extendida comercialización resultado de los liberalismos económicos.
Cuando se examinan los documentos y papeles de los archivos públicos y privados se confirma el interés de los grupos de notables de la región -sobre todo los que controlan los poderes locales con las Regidurías y los propietarios de "manos muertas" de los cabildos, conventos y monasterios- para dar salida a los excedentes de caldos en los mercados cercanos, entiéndase el País Vasco especialmente, pues las otras regiones próximas también tienen viñas.
Pero es con el triunfo del régimen liberal contra el absolutismo, en los años treinta del XIX, cuando el vino de Rioja promueve el interés comercial e inversor fomentado unas décadas más tarde por la invasión de los viñedos francesas por
la filoxera.
En esta coyuntura económica foránea el vino de Rioja inicia el camino que le ha llevado hasta nuestros días.