El Alcadde de Villamediana con republicanos riojanos.
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"El Botas" visita a
"El León" de
Villamediana


- Sr. Prieto, cuente conmigo. De paso visito a El León de Villamediana

Los del “Pacto”, por primera vez, parecían divididos. Se había roto el consenso entre ellos y había algunos que miraban de reojo y como esquivos. Y aunque era un simple partido, como el de otras muchas mañanas, y la traviesa no era excesiva, la contienda había despertado inquietud. Muchos habían llegado a pensar que en la apuesta se enfrentaban dos formas de enfocar la vida, y hasta dos maneras de hacer política. Así parecían representarlo los pelotaris. ¡Y con eso no se jugaba!, se decían.

¡Leóooon!!! … ¡Booootas!!! …, y se fusionaron en un abrazo interminable. De minutos. Según algunos de los del pueblo, de horas. -¡El Presidente de la República en los brazos de nuestro Chuchi! ¡Vaya día para Villamediana!

El “patio grande” estaba muchísimo más animado que otros días. A las once en punto se celebraba el gran partido de desafío a 24 tantos. De una parte, Fernando, D. Fernando de los Ríos, -alma y alegría del grupo de presos políticos-, y de otra, “El León”, -callado, diminuto, introspectivo y siempre bajo su boina-. De juez de silla, cómo no, D. Álvaro, aceptado por ambos.
Niceto había sido el promotor del enfrentamiento, como de todo lo que se guisaba aquellos días en la Galería de presos políticos. La “huéspeda” del frontón de la Cárcel Modelo de Madrid ese día, sin embargo, eran todos, presos políticos y no políticos, y hasta D. José Elorza se sintió atraído y estuvo pendiente, como nadie, del espectáculo. No había “rueda” a esas horas de la mañana en el patio. Todos se arremolinaron al pie de cancha y buscaron los mejores sitios. El momento y la apuesta lo merecían.

AL ALBA

No era frecuente ver luz a esas horas, y menos con las persianas de par en par y las cortinas abiertas, en la calle Bretón de los Herreros, número cinco, de Logroño. D. Alfonso no acostumbraba a trasnochar y muchos de los que le acompañaban tampoco. Pero aquella noche del día 15 de diciembre de 1930 lo hicieron, y de qué manera, hasta el alba.
Querían estar informados de primera mano de porqué había fracasado todo, a la vez que compartir tropiezos y frustraciones. Buscaban hacer el recuento de correligionarios y amigos que habían pasado de sus casas y trabajos a la Cárcel Provincial. Simularon un balance de fin de año. Además, en sus deseos de ayudar, “asilaban”, en el despacho, a dos forasteros significados de la trama nacional: un General [Villabrille], “con espada y botas de montar”, según expresión del periódico católico “Diario de La Rioja” años más tarde, y un abogado de prestigio nacional, “un delincuente”, según el mismo medio de prensa. Y es que necesitaban cooperar como pudieran y en lo que fuera. Para eso se habían librado. Por ahora. Y ya que no habían podido traerla, por lo menos, como se dice, prestar su apoyo moral ¡Que Logroño no se quedara excluido como otras tantas veces! Se repetían y consolaban.

El fervor republicano se venía manifestando en la provincia de Logroño desde antes de la primavera de 1930 con la inscripción en el Registro de Asociaciones de más de una docena de Círculos, Casinos, Ateneos, Agrupaciones en distintas poblaciones animadas por el Círculo Republicano de Logroño capital que funcionaba desde el lejano 25 de abril de 1914. Y en septiembre de 1930 se organizó la Federación Republicana de La Rioja representando a 66 agrupaciones locales, según había escrito su Presidente Jesús Ruiz del Río en la Revista de Zóximo Notario, Rioja Industrial, del año 1930. Todas estaban al tanto, y dispuestas, para la gran fecha y la hora decisiva. Ningún centro había puesto el menor reparo. El compromiso era unánime. Lo sabía todo el mundo, pero les traía sin cuidado, e incluso hasta se jactaban de ello.

Contabilizaron hasta veintitrés, concretando nombre y apellidos de la inmensa mayoría. Amancio comentó cómo a su hermano Segundo le buscaron en la tienda y que lo mismo habían hecho con Nicolás. Ignacio describió lo sucedido con Andrés, su Presidente, y con Sotero, su Secretario. Al odontólogo Gurrea y a Ángel García les apresaron a la vez conferenciando sobre la organización de la Derecha Liberal Republicana. Al grupo más numeroso, según relatos de unos y otros, lo sacaron de sus casas. Escribieron en una cuartilla los nombres. Hilario Tamayo, Celedonio Ruiz, Arsenio Palacios, Juan Ramírez, el albañil Fructuoso Martínez, Galo Pinillos, Julián Garrido, Francisco Vidal, Rufino Galilea, Félix Galdeano, Manuel Sacristán, José Almagro, Anastasio Urrecho y el oficinista Alberto Herce. Todos republicanos con solera y comprometidos. Alfonso habló de su compañero Domingo. Y varios exclamaron a la vez, ¿y Jesús?

De Jesús Ruiz del Río, Presidente de la Federación Republicana de La Rioja, nadie tenía la menor idea. –Pepe, baja y pregunta a su Señora. Tampoco ella tiene noticias. Había desaparecido. –Cuando sepan algo, rogaba hecha un manojo de nervios, me lo digan.

Concretaron las órdenes para el día siguiente y se distribuyeron las tareas. La Huelga General política iniciada este mismo día por la mañana al alba no podía fracasar. Logroño debería seguir paralizado contra la barbarie de los fusilamientos. El comercio, los tajos, la administración, la prensa,… Y tenía que ser indefinida o hasta cuando se pudiera. ¡Cuantos más días, mejor! Se llegaron hasta cinco: 15, 16, 17, 18 y 19 de diciembre de 1930. Todo un récord en la ciudad.

POR LA MAÑANA

D. Paco era el más vocinglero. Se le veía contento, como en los días de los grandes mítines. Todos se preguntaban el porqué y ninguno encontraba explicación. Miguel le hizo la pregunta directamente y le respondió con encogimiento de hombros. Galarza, entre bromas y entre veras, llegó hasta a vaticinar que sería por la paella que había llegado de El Grao esa mañana. Ni con esas se llegó a confesar. ¡Huy, perdón, a declarar! Así que fue el enigma de la mañana y de los momentos previos al ritual del partido. El comentario de todos. Francisco Largo, seguro que había apostado por “El León”, se escuchaba en los corrillos. ¡Será posible!, repetían malhumorados algunos de sus afines.

Chuchi, como le llamaban sus amigos más cercanos, o “El León de Villamediana”, como le conocían todos los de la Galería, era el gran favorito. Había ganado siempre desde que llegó, mano a mano y en parejas, y más aún al contrincante de esta mañana en distintas ocasiones. No se explicaban cómo se había podido organizar el desafío. ¡Si estaba claro el ganador! Culpaban de los enredos a Niceto, y de débil a Fernando, que con tal de no aguantarle un discurso a “El Botas”, añadían, se había comprometido, dejándose convencer, a “bajar al patio grande” y ser “carne de frontón”.

Correspondió el saque a D. Fernando. Habían acordado que éste lo hiciera desde el uno y “El León” desde el 3. Para compensar. El catedrático se apuntó los tres primeros tantos seguidos. El inicial con una sacada corta, pero ajustada. El segundo, devuelto flojo por El León, que se dañó la mano con la pared, con una dejada al rincón. Y el tercero de saque, mal contestado por el de Villamediana, que sonó en chapa. Tras la igualada a tres, jugaron un cuarto tanto sostenido y prolongado. Tres minutos había contabilizado Casares, y añadía, aquí hay partido. ¡Vaya, vaya con Fernandito! Nos tenía engañados a todos, pero sobre todo a Largo.

Fernando de los Ríos se retiró al espacio que funcionada como contracancha buscando un poco de aire y la silla que D. Álvaro le cedió amablemente. Ángel siguió en la cancha peloteando, sobre todo con la mano izquierda, la del roce del segundo tanto, como había aprendido en sus años más mozos en el Frontón Logroñés. Para que no se enfriara. Y así pasaron varios minutos.

Don Inda se sentía preocupado y pensaba: “a que me jode la fiesta para poner la primera piedra del pantano de Ortigosa”.
El Presidente, después de oír misa en la Iglesia de los Ancianos Desamparados, se ajustó al protocolo programado para la mañana de la víspera de San Mateo de 1932. Pero a todo llegaba tarde, con retraso, sin puntualidad. A los actos y a los homenajes. Daba lo mismo.
“A que me jode el ritual de introducir la prensa zaragozana, “La Rioja” y las monedas en la piedra labrada por Hipólito Bergasa”, se repetía D. Inda.
A Don Niceto Alcalá Zamora, el Presidente, se le notaba desazonado. Hasta en los discursos había perdido su engolamiento habitual y su chispa de andaluz de Priego.
“A que me jode el baño de populismo con los serranos…”, repetía jadeando “A que me jode el compromiso, a mi, que soy un hombre de palabra…”


-¡León, León, León! Se escucharon los primeros gritos de ánimos de los comunes. Se habían inclinado por el más débil y desconocido. Alguno incluso llegó a vocear, “¡a por el Barbas! ¡Que no haga ni un tanto más!” Por unanimidad, el elegido era del de Villamediana, para orgullo de D. Niceto. ¡O contra D. Fernando o a favor de Chuchi! parecía la consigna.

Y se notó.
El León empató el partido otra vez a cuatro. Después enlazó seis tantos continuados de pelotari picarón y zorro. Tres de saque con rebote en la pared y tres de dejadas en el choco. La disputa parecía encarrilada a favor del favorito de todos. El alivio se vivía.

AL MEDIODÍA

Se llegaron a contabilizar entre cuatro y cinco boinas por metro cuadrado. No había ni un espacio libre en toda la calle y menos junto a la casa del Chuchi. Aquellos que bajaron a las cunetas lo sintieron. Se quedaron sin ver absolutamente nada. Bueno sí, un antiguo modelo Ford negro con los cristales tintados, que estorbaba. Pero éste no era el protagonista, ni tampoco aquello que querían ver con sus propios ojos los vecinos de Villamediana aquel mediodía. Porque en Logroño, en la tarde anterior, la del día 18, tampoco le habían podido ver, y menos hablar. Y eso que se hicieron notar con sus cuatro camiones atestados de vecinos y de bandas de música recorriendo las calles de la ciudad entre jotas y vivas. El protocolo, por lo visto, se lo había impedido, pese a que insistieron continuamente y gritaron, ¡Somos compañeros y amigos de “El León”, de Chuchi el de Villamediana. Pero ni por esas. El Presidente ni los oyó.

Súbame a hombros, padre, insistió varias veces Libertad

Súbame a hombros, padre, repitieron más de una treintena de niños y de niñas de Villamediana

Habían interiorizado tanto “la visita” en la hora semanal extra que D. Pío impartió en la escuela sobre la dignidad de la democracia y de la República, que ni la frustración de ver pasar el coche a “toda velocidad”, ni la carrera en desbandada desde la curva del puente sobre el Iregua hasta el pueblo, les había amortiguado la ilusión. Querían verle como fuera, y costara lo que costara.

Los niños se lo habían pasado tan bien en la otra hora añadida de trabajos manuales, pintando aquellos pliegos de la Librería Jalón Mendiri con los pinceles y botes de pintura de Casa Segura de la capital comprados por el maestro, que tenían que mostrársela desde la altura, con orgullo. Que la viera bien, que para algo había estado en la cárcel con él, D. Ángel, su Alcalde, como les dijera por activa y por pasiva D. Pío, su maestro.

La pintamos hasta con regla. Primero el rojo –como repitió miles de veces D. Pío-, después el amarillo y debajo el morado. La tricolor, como la llamaba nuestro maestro, nos contaba Libertad cuando hablábamos con ella. La pegamos en una vara, y nos dijeron que teníamos que moverla “de acá pa ya” cuando estuviera a nuestro lado. Y Libertad movía ambos brazos de derecha a izquierda y de izquierda a derecha cargada de recuerdos y de emociones.

¡Pero no le vi! Ni siquiera a hombros, remató con abundante nostalgia.


El partido parecía resuelto según la lógica. Hasta D. José Elorza se ausentó varios minutos para dar una ronda de rigor. Por si acaso. Sin embargo, fueron momentos de impacto. Nadie parecía creérselo.

POR LA TARDE

El día 10 de septiembre se supo en Villamediana. Ya seguro. Tenían que darse prisa para llevarla a la práctica. La idea había sido de su hermano. Se admitió por el Consistorio y por todo el pueblo. Había una semana de plazo y debía planificarse, aunque sin prisas. Para que no se apocharan.

Primero reconocieron los setos, las huertas y los linderos de todo el término municipal. Ocuparon en ello dos tardes. Lo juzgaron suficiente. El 14 señalaron con cal viva los espacios a cubrir. “No debía pisar ni el suelo ni las baldosas”, se habían juramentado. Llegaron a hablar de metros cuadrados, pero lo decidieron a ojo de buen cubero. Como siempre. Ya estaban acostumbrados. El día 16 por la tarde todos se echaron al campo. Los niños a la cabeza. Las mujeres para seleccionar. Los mocetes y mocetas con podaderas. El resto para hacer de porteadores de las cargas. Y con todos, el Alcalde y los concejales. Y los agüeletes con las cachavas por si había que azuzar. Villamediana casi entera. Faltaban algunos. Los de siempre, desde el nuevo régimen.

El día 17, desde la salida del sol hasta que se puso, las hojas de aligustres, hiedras, yedras, madreselvas,… fueron formando contornos en el suelo de la calle y de la plaza y recubriendo escaleras, barandillas y el interior de la casa de “El León”. También las ramas de boj fueron forrando el arco. Las enredaderas recibieron este año una buena poda. Como nunca. Y entre medias almorzando y merendando a base de chuletillas y clarete en bota. Un buen rollo. Como hacía tiempo que no se había visto en el pueblo. “Lo que hizo el sacrificio por traerla, y su llegada”.

“Pusimos los pétalos de flores, casi todos, por la mañana del dieciocho, antes de marchar los hombres a la capital. Teníamos miedo que se marchitasen, se apochasen, se quedaran lacios. Tuvimos suerte. No hizo mucho calor. Dejamos el espacio superior, el de las rojas, para el anochecer”, rememoraban en nuestros días algunas vecinas de Villamediana sobre la alfombra para el Presidente.

D. Fernando, el catedrático, se acercó hasta el tanto nueve. “El León” volvía a estar muy fallón. Como nervioso y con el brazo encogido. De nuevo empezaron los gritos. Y los ¡fuera! Ahora eran los presos políticos los que perdían las formas. Los que abucheaban sin parar. Los comunes estaban como desanimados. Convencidos de que siempre pasaba lo mismo. “Los poderosos siempre ganan”.
El partido entró en una fase de alternativas hasta llegar a los veinte. Un tanto Chuchi, otro Fernando de los Ríos. O a la inversa. Así lo mostraba la pizarra que se había habilitado para la ocasión. Parece como si se hubiera perdido el interés que se había demostrado desde el origen de la apuesta. D. Niceto empezaba a preocuparse, a ponerse serio. Y no digamos D. Paco, el Sr. Largo. Y todos. Hasta Casares y Miguel Maura, que les traía sin cuidado, se impacientaron.

-Ángel hay que ganar esta apuesta. Niceto le miraba fijo y serio. Te voy a hacer una propuesta: “Cuando llegue la República, y estemos cada uno en su puesto, te promete ir de visita a tu pueblo. Explicarles a tus vecinos que Chuchi, jugando a la pelota, es un león”. No me defraudes. No nos defraudes. A por el partido. Estaban en el tercer descanso. Ahora sentados ambos pelotaris. Y a distancia uno de otro.

AL ANOCHECER

“Nosotras solas, las madres, las hijas, las nietas, las… de Villamediana deshojamos las rosas rojas al anochecer. Nos había costado mucho conseguirlas, mantenerlas, dar con esas rosas. No podíamos fallar al Presidente de la República. Los calderos, los cunachos,… fueron poco a poco desapareciendo, retornando a sus casas. Silenciosamente. Y la calle, la plaza y la entrada a la casa del Alcalde se cubrió de rojo”. Rememoraban después de setenta y cinco años las memorias vivas femeninas de la población.

Aquel anochecer del invierno de 1931 no se habló de otra cosa en la galería de presos políticos. También en las de los comunes. Hasta los funcionarios de prisiones hicieron sus comentarios. La Cárcel Modelo de Madrid se llenó de rumores de aquel partido de pelota a mano.
“El León de Villamediana” había ganado la apuesta. D. Fernando se quedó clavado en el tanto veinte. El tanto 24, el último, fue apoteósico de factura, de estilo, de potencia, como el de un profesional. Los entendidos dijeron que era propio de Atano III. O más. Había devuelto D. Fernando el saque y dejó la pelota casi muerta en la esquina de la contracancha, y Ángel, Chuchi, León se lanzó en plancha para devolverla al rincón opuesto. Había ganado todo. El partido, la simpatía –si aún cabía más-, la amistad, pero sobre todo la promesa de que D. Niceto Alcalá Zamora fuera algún día a su pueblo. ¡Ni pensaba que fuera como el primer Presidente de la II República Española!

Pero así fue.

El periódico “La Rioja” del 20 de septiembre de 1932 recogía, entre otras notas, lo siguiente:
“El Presidente, repartiendo sonrisas, parecía decir a los vecinos de Villamediana: ya estoy aquí, entre vosotros, como uno más, dispuesto a rendir un tributo de admiración a vuestro alcalde”. “El viaje de S. E. a Villamediana, como se sabe, obedecía al deseo de cumplir una promesa hecha al hoy alcalde, don Ángel García.
Había preparado don Ángel en su domicilio, un recibimiento sobrio, pero sincero. Desde la entrada del pueblo hasta su casa una alfombra de flores. Desde el portal a su habitación principal, una mullida alfombra y profusión de ramaje. En la habitación, sobre una mesa, un lunch fastuoso. Jamón serrano, chorizo de puro lomo, melón riquísimo, otros frutos y un vino del país puro néctar”.


Sucedía también al anochecer casi cuatro años después. Ángel García Benito, Alcalde de Villamediana, durante la República fue asesinado por los fascistas.
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